Se conoce como síndrome del Emperador “voluntario” a toda persona que maltrata, pega, roba y agrede psicológicamente a sus padres.
Desde hace un tiempo, constatamos un aumento sensible del número de agresiones de los hijos hacia sus padres. Este hecho, claramente antinatural y que contraviene de manera clara las estructuras de las relaciones entre los seres humanos, no es ajeno al cambio de buen número de factores presentes en el mundo actual en cuanto a las pautas de vida, la consideración de los valores que condicionan o dirigen nuestra vida, y que atañen a la modificación de la consideración que el ser humano tiene de sí mismo, la que tiene de los demás y la que los demás tienen hacia él.
Este fenómeno tiene como protagonistas ejecutores sobre todo a varones (1 fémina por cada 10 casos) y, aunque hay niños agresores de sus padres de corta edad (casos documentados de niños de 7 años), suelen ser de entre 12 y 18 años, especialmente entre 15 y 17 años.
Cabe destacar que esta violencia se da más en familias de clase media y alta que en las de clases de más baja extracción social y que, curiosamente y contra lo que podría augurar el tópico social acerca de usos y costumbres.
Esta violencia se materializa tanto de modo físico como psicológico y responde a los parámetros más habituales de la violencia que, como factor constitutivo de ella, existe en nuestra sociedad, desde manifestaciones sencillas como desplantes o amenazas hasta los insultos, las vejaciones y las agresiones físicas de distinta intensidad. Esta violencia se plasma también en el rechazo por parte del hijo de pautas vitales propuestas por los padres, creyendo que de este modo se opone a ellos y llega a incomodarlos y causarles daño; así el abandono de los estudios, el marcharse de casa en la adolescencia sin contar con el apoyo de los padres, o el permanecer en el hogar familiar situándose de un modo ostensible al margen de la vida colectiva que en él se desarrolla...
En general, se señala que los padres aguantan “hasta el final” la violencia generada por los hijos hacia ellos. Durante el periodo en que se gesta, porque tal vez la entienden, equivocadamente, como un comportamiento que puede calificarse de normal, motivado por la edad del niño y por sus procesos de afirmación de la personalidad. Más adelante, cuando esta violencia se materializa en agresiones que por su intensidad, tipología o continuidad se convierten en algo difícilmente soportable, y causante de daños, por el temor de los padres a exponer su fracaso como tales, la convicción de que es un tema que atañe estrictamente a la familia y en ella debe ser resuelto, y la impotencia que nace del sentimiento de que no existen soluciones a la situación.
A continuación, conoceremos el perfil de las personas que sufren este síndrome;
En general se trata de adolescentes varones, con edades entre los 12 y los 18 años, con especial densidad porcentual entre los 15 y los 17. Es de destacar el escaso porcentaje de féminas, alrededor de un 10 % en la actualidad, pero la diferencia cualitativa de las agresiones por ellas protagonizadas. En los varones, las agresiones son más “primarias”, más brutales desde el punto de vista físico, llegan a extremos más intensos de violencia física. Las acciones protagonizadas por las chicas se caracterizan por un carácter psicológico más “refinado”, se atienen menos a la físico y más a lo mental y a los sentimientos, y hacen gala de un refinamiento emocional que en muchas ocasiones llega a afectar seriamente al equilibrio psíquico de los progenitores.
Las madres son las víctimas principales de estas agresiones. Las explicaciones a esto son obvias: percepción de una mayor debilidad física en ellas; más tiempo de contacto de la madre que del padre con los hijos.
También hemos señalado que los niños, adolescentes y jóvenes agresores de sus padres pertenecen a familias de clase media y alta, de lo cual se puede deducir que es en un entorno claramente favorable desde el punto de vista económico, cultural y educativo donde fructifican mayoritariamente estas conductas.
También está constatada la ausencia de factores genéticos en los agresores a los padres. Se trata, por tanto, de una conducta que no tiene su raíz en lo biológico (no existen causas biológicas que determinen la aparición de esta conducta específica), sino causas de tipo ambiental inmediato o general. (Chartier, 2000)
Podemos decir que el perfil de los adolescentes agresores se articula en tres grandes bloques que no son excluyentes entre sí, sino que rasgos de todos ellos pueden darse en el agresor:
- hedonistas-nihilistas: constituyen el grupo más amplio de agresores. Para ellos la primacía es la satisfacción de propio interés, independientemente de cuál sea y de las vías para conseguirlo. Educados en la autosatisfacción, la ausencia de responsabilidades y de exigencias, crecen con la idea de que ellos son “únicos” y llegan a no tener conciencia de la existencia de reglas morales que regulan la convivencia. Los demás son sólo un instrumento para la satisfacción de sus deseos y cuando se resisten a serlo, son un obstáculo con el que hay que enfrentarse e incluso acabar. Niegan que haya pautas de comportamiento exteriores a ellos o que recorten la primacía de lo individual. No aceptan que haya otros puntos de vista o necesidades que cubrir que no sean las propias. Llegan a considerar el domicilio paterno (en el que se encuentran) con un alojamiento con todas las ventajas y ninguna exigencia que cumplir. En buen número huyen de cualquier actividad educativa o formativa. Suelen coincidir con grupos formados por individuos con su mismo sistema de vida, “los colegas” y llegan a ser unos auténticos déspotas para con sus padres, a quienes incluso llegan a cambiarles las cerraduras del domicilio, con los que les impiden el normal acceso.
- patológicos: en algunos de los agresores encuadrados aquí nace la agresividad por una mala o incorrecta asimilación de las relaciones de amor-odio, materno-filiales, más allá de los celos edípicos. Además, con el tiempo, pueden llegar a estar dominados por la dependencia de la droga, lo que les lleva a una creciente necesidad de dinero que debe ser satisfecha con la extorsión a los padres, el robo de los bienes familiares, etc.
- con violencia aprendida: estos casos materializan el principio de que “la violencia engendra violencia”. Quien desde niño percibe que las situaciones de poder se basan más en la posesión de los medios para imponerla violentamente y que a la postre es la violencia el único camino para prevalecer, no llega a tener conciencia de que hay otros procedimientos, y cuando su edad y su físico se lo permiten, se dedica a “imponer su ley” tal y como ha visto desde antes que en su entorno familiar otros han procedido. En este caso, el hecho de que el padre agreda a la madre ante el hijo pequeño, o que el padre o la madre maltraten porque antes sufrieron maltrato son circunstancias que hacen que el niño interiorice el uso de la violencia contra los padres como instrumento eficaz y procedimiento de “diálogo”. A esto también contribuye el hecho de que haya padres que en situaciones de pérdida de equilibrio exterioricen conductas violentas.
A grandes rasgos, podemos encontrar varias confluencias en los perfiles descritos como: desajustes familiares; desaparición real o metafórica del padre varón (dejación de sus funciones paternas o despreocupación hacia su desempeño); conducta agresiva del niño, iniciada en edades más tempranas por desplantes, negaciones y actitudes violentas hacia los padres y los adultos; hijo único o varón único en el domicilio de los padres porque sus hermanos o hermanas más mayores ya lo han abandonado. En la mayoría de los casos el agresor no niega su condición de tal o su participación en los hechos, aunque la frialdad y el realismo con que lo narran sobrecoge.
Añadamos otros aspectos: no corregir desde el principio las conductas agresivas de los hijos, reírse de ellas como si fuesen una “gracia” del niño, cosa que en ocasiones hacen los padres y adultos, refuerza su conducta violenta, pues es errónea aunque tal vez no conscientemente “premiada”. Los niños a quienes los padres no han puesto límites se convierten en niños malcriados en la primera infancia, pues son incapaces de controlarse y de entender la existencia de los demás con lo que esta existencia tiene de restrictivo para los deseos y acciones propias.
Cuidado con las cóleras y las pataletas del niño, no hay que admitirlas pues pueden convertirse en su forma predilecta de expresión más “cómodo”, pues al ver que causan incomodidad en los padres son entendidas por el niño como un “arma” muy efectiva. A partir de esas pataletas puede enzarzarse en discusiones en las que pretenda la satisfacción de sus deseos, o plantear desafíos. Algunos de ellos pueden ser rehusar cumplir sus obligaciones, molestar deliberadamente, acusar (a los hermanos, primos o amigos, a la madre ante el padre o al padre ante la madre); mostrarse muy susceptible o fácilmente molestable, y muy obstinado, rencoroso o vengativo. Como vemos, todas estos comportamientos conforman una conducta en la que prevalece el egoísmo del propio interés y la conducta agresiva frente a quienes no ceden a ellos.
Grandes errores en la vida actual están en el origen de la violencia de los hijos contra los padres: la falta de valoración y de respeto a los demás; una cultura del ocio poco creativa que nos convierte en consumidores pasivos; habitual consumo excesivo de alcohol y posible consumo de drogas que afecta a los adolescentes cuando no son capaces de autocontrolarse; ausencia de conversaciones entre padres e hijos; la pérdida de límites y de noción de autoridad de muchos menores; y no son menos importante la primacía del máximo hedonismo como meta vital inmediata, la violencia general del contexto social.
Por último, y sin temor a ello: los padres tienen que aprender a decir “no” al hijo, sin crispaciones, sin violencias, de un modo natural cuando la negativa sea justificada y necesaria, sin temor a que esta negativa provoque en el niño reacciones negativas en el presente o en el futuro. La permisividad no es educativa, el inculcar pautas y pequeñas rutinas de comportamiento pone los cimientos de una vida futura en la que el niño sea capaz de asumir sus propias decisiones.
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